La espera se hacía larga. Sentado al costado de la ruta ya hacía más de una hora que buscaba algún alma piadosa que me llevara hasta el ansiado glaciar.
Una leve llovizna mojaba mi cara, pero estaba decidido a llegar ese día al Perito Moreno.
El Parque Nacional Los Glaciares era mi próximo destino y empezaba a sentir que la espera no sería en vano, cuando finalmente una familia paró y nos ofreció a Martín (viejo compañero de aventuras) y a mí, la caja de su camioneta. Con todo el abrigo que teníamos a mano y refugiados del viento contra la cabina, emprendimos viaje.
El paisaje durante el camino cambió progresivamente. A medida que nos acercábamos al parque y nos alejábamos del Calafate, la estepa árida, tan castigada por los fuertes vientos de la zona y llena de arbustos que bañaban todo en diferentes tonos de marrón, se iba tornando verde a medida que los árboles empezaban a desfilar de a poco delante de nuestros ojos. Mi ansiedad hizo que el viaje fuera relativamente corto. El asfalto se había convertido en ripio y algo en mi interior me decía que estábamos cerca. El aire, tal vez producto de mi imaginación, se sentía más fresco y puro que nunca. El agua se tornaba cada vez más turquesa a medida que íbamos acompañando los brazos del Lago Argentino.
Pero mientras meditaba esto fue Martín quien me alertó de la primera aparición del coloso de hielo. Todavía no estábamos ni siquiera cerca y su tamaño me impresionó. No llegue a disfrutarlo. Tras una curva, el gigante se escondió detrás de una saliente de rocas, y me di cuenta que ya estaba atrapado por su magia, porque los pocos instantes que lo perdí de vista, se me hicieron eternos.
Cuando volvió a aparecer sentí que ya nunca quería dejar de verlo. Mi sensación de alivio y paz crecieron cuando finalmente llegamos y empezamos a recorrer las pasarelas que iban descendiendo hacia el glaciar.
Cada vez estaba más cerca, y con cada nivel que bajaba mi perplejidad aumentaba.
Era enorme, mucho más de lo que jamás me hubiese imaginado. Caminaba en silencio con cara de asombro digna de un chiquilín que descubre las cosas por primera vez. Pero algo me sacó rápidamente de ese estado.
Un estruendo parecido a un trueno me sorprendió por completo. Cuando vi el pequeño pedazo de hielo que había generado tanto ruido, me quede incrédulo, no sabiendo si creerle a mis ojos. Instantes después despejé todas mis dudas al ver otro pedazo, aún más grande, que arrancaba exclamaciones de todos los presentes.
Después de un rato largo admirando los diferentes tonos de azul del glaciar, Martín me propuso bajar hasta la costa para comer los “sanguchitos” que habíamos llevado. Me pareció una idea fantástica, así que unos minutos después estábamos a orillas del lago comiendo. Mientras almorzaba me acerqué a la orilla a llenar mi cantimplora y mientras lo hacía, un turista japonés me preguntó si realmente pensaba tomar esa agua.
Esa pregunta hizo que todo tipo de pensamientos se dispararán en mí, mientras le decía que sí y le explicaba que en muchos lugares de nuestro país el agua aún es potable. Como muchas veces a lo largo de la vida, ojos de afuera nos ayudan a apreciar las cosas buenas que por costumbre solemos dar por sentado. Sentado en una piedra que parecía moldeada para mi reposo perdí la noción del tiempo mientras admiraba la belleza del glaciar.
La combinación de verdes, marrones y azules me tenían completamente abstraído. Me sorprendí pensando que no existía ninguna tonalidad derivada del azul que no formara parte de mi visión en ese momento. Mientras mis ojos recorrían el paisaje una y otra vez, vi acercarse a Martín con un pedazo grande de hielo, que había llegado a la costa. Me reí de esa imagen mientras volvíamos a las pasarelas. Nos encontrarnos nuevamente con la familia que nos había llevado hasta ahí. Estaban tan fascinados como nosotros. Nos ofrecieron el viaje de regreso que no rechazamos.
Me di vuelta y con una mirada, le prometí al gigante de hielo que nos volveríamos a ver.
Sabía que él me iba a esperar.
Texto: Gonzalo Pardo | LatinBackpackers 2005
Fotografías: Esteban Widnicky | LatinBackpackers 2005