
El Expreso Patagónico o "la Trochita" es uno de los pocos trenes a vapor que todavía existen en el mundo y recorrer la inmensidad patagónica en él, una experiencia a registrar en el arcón de lo inolvidable. Desde nuestra salida en la mágica estación de Esquel, hasta la llegada a Nahuel Pan como parada intermedia, el recorrido es un auténtico viaje al pasado en el que sientes toda la fuerza de la Patagonia como protagonista absoluta.
En cuanto subimos al tren nos dimos cuenta de lo que podía suponer para los habitantes de las tierras de Chubut de mediados del siglo pasado oír el silbido de la locomotora avisando de su llegada a lugares que casi no existían. Como alguien dijo: "puede que La Trochita tarde una eternidad, pero siempre llega" y eso, en lugar tan duro e inhóspito como puede resultar la Patagonia, es un compromiso que pocos podían cumplir.
El viaje de ida y vuelta a Nahuel Pan desde Esquel son más o menos 36 km en los que el tren se asoma a uno de los valles más espectaculares del territorio de Chubut. La Trochita recorre pausadamente esta distancia y se toma su tiempo para disfrutar de los paisajes que atravesaron los pioneros cuando llegaron a esta región. Como viajero, eso te proporciona la tranquilidad suficiente para volver al pasado y sentirte parte de una historia que representa el auténtico "espíritu del sur"; miles de macedonios, griegos, croatas, búlgaros, turcos, hindúes, polacos... trabajaron en condiciones muy duras, abriendo camino al tren con pico y pala, a la vez que lo hacían a la esperanza de una vida mejor. Nos contaron que el recorrido inicial, de 402 km que unía las provincias de Río Negro y Chubut, suponía un viaje de casi 14 horas. En total, más de 600 curvas que permitían cambiar y volver a cambiar la visión de un paisaje continuo de valles, lagos y bosques prácticamente vírgenes.
La Trochita se mantiene igual que en su inauguración, en 1945, y los vagones y asientos de madera, las estrechas ventanas y la salamandra en el centro para calentarse la convierten en casi un museo andante. En Nahuel Pan, un asentamiento mapuche que lleva el nombre del cacique de la región, pudimos bajar a conocer de cerca o por lo menos llegar a intuir, como sería la vida de los indígenas que allí habitaban. El día de nuestro viaje, el sol era tan intenso y lo podías notar tan cerca, que se podía entender por qué eligieron ese lugar y no otro. Ahora, los mapuches viven de las artesanías que realizan y venden a los viajeros de La Trochita. Lo cierto es que te quedas con ganas de más, y de cambiar esa breve visita por un tiempo más largo. Y es que en ese lugar se puede sentir la pureza del aire y, como diría Benedetti, "oxigenar de veras, el alma y los pulmones". Cada mes de marzo, los mapuches celebran en Nahuel Pan su principal fiesta religiosa, el Camarucu, dedicada al dios Nguillatún. Realmente hubiera sido un acontecimiento aparecer en ese momento allí.
En la vuelta desde Nahuel Pan, en la que te cruzas con ovejas, guanacos y ñandúes constantemente, la Trochita alcanza su máxima velocidad, que notas perfectamente en tu cuerpo, y su traqueteo relajante se convierte en la mejor banda sonora del viaje. Ese fue el mejor momento para colocarnos en el vagón de cola y poder tener una visión de Esquel única, según se va superando el valle y acercándose a la ciudad. En realidad, lo mejor para viajar en la Trochita es sentarse en las zonas intermedias entre los vagones, tocando las flores con las piernas y sintiendo el viento en la cara. La Trochita es un recuerdo legendario, un viaje para los sentidos, que remite a tiempos de aventuras en los que el esfuerzo humano podía cambiar las cosas, en una tierra tan hermosa como dura.
Texto: Luz Ballesteros | LatinBackpackers 2006
fotografías: Esteban Widnicky | LatinBackpackers 2006