
San Salvador de Jujuy es solo un húmedo recuerdo a medida que el micro va serpenteando cerros de cálidos ocres y rojizos sobre el árido territorio de la Quebrada. Paisaje casi onírico el de los gigantescos cactus que se dibujan difusamente más allá del polvo que va dejando el camino. Al llegar a Tilcara se respira ese clima tan particular que precede a los festejos. Sus irregulares calles fueron adornadas con guirnaldas y en la plaza un techo de lamparitas de colores esta listo para encenderse con la llegada del Carnaval. Las comparsas van llegando hasta el “mojón” que esta situado en las afueras del pueblo y consiste en un montículo de piedra regado con tierra, hojas de coca, alcohol, cigarrillos encendidos y decorado con guirnaldas, lana, flores y albahaca. Este representa el sitio donde esta enterrado el “diablito” que es el símbolo del carnaval y la representación de la libertad que durante esos días pondrá un paréntesis sobre los “buenos modales” y represiones cotidianas. El diablo mayor que llegó con las comparsas es el encargado de hacer un pozo al lado del mojón y aromatizarlo con coca, incienso y romero para ahuyentar la mala suerte y pedirle a la Pachamama por un carnaval lleno de alegría y felicidad. Con su desentierro comienza la fiesta. Las máscaras permiten actuar con mayor desenfreno ocultándose detrás de los rostros de diablitos y todo estalla al compás de alegres carnavalitos, mientras la chicha y el vino van soltando los cuerpos que danzan con pequeños y constantes saltitos y van trazando caprichosos caminos a veces en forma circular, a veces a ambos lados. Un coplero de rostro entalcado hace sonar su caja y no pierde la oportunidad de sacar a relucir sus mejores piropos. “Cuando era chiquito me gustaba el quesito, ahora que soy grande quisiera darte un besito.” El sonido de las cajas, el erke y el charango se superponen con las risas mientras el suelo se va coloreando con el papel picado. Los “Bastoneros” van marcando los pasos de los nuevos carnavalitos y son los encargados de amonestar al que no este bailando o divirtiéndose, sentándolo en el medio del festejo y obligándolo a tomar un vaso de vino u otra bebida alcohólica que se le alcance con el fin de ablandarlo un poco. Las coplas van dejando historias. El sentir del hombre. Sus alegrías y sus tristezas. Dedicadas a animales y plantas. Agradeciéndole a la Madre Tierra. Las rondas van girando y repitiendo los cantos que propone el coplero. De pronto son cientos de voces cantándole a la Pachamama, que siempre es principio y fin. De sus entrañas nace el carnaval y a su interior volverá cuando se produzca la quema y el entierro del “diablito” hasta el próximo año.
Ayer terminó el carnaval y esta mañana Tilcara parece un pueblo fantasma. Algunos perros se resguardan a la sombra de calles desiertas y un imponente silencio se adueña de lo que horas antes era una estridencia de sonidos constantes. Solo los objetos parecen resistirse a que todo termine. Las guirnaldas meneándose al viento parecen seguir bailando y el papel picado no quiere devolverle al suelo su monocromática imperturbabilidad.En la Ruta Nacional Numero 9 paramos un diminuto colectivo con destino a Humahuaca. Llegamos apenas entrada la noche y con lluvia que por estos pagos se recibe con alegría dada su escasez extrema durante el año. Nos detenemos al resguardo de una vieja galería en donde muy inteligentemente pusieron algunas mesitas y venden cerveza y empanadas fritas. Brindamos con la primer Norteña y fumamos en silencio dejándonos llevar por el pulso de la calle, y su impredecible y novedoso latir.
A comparación de otros pueblos de la Quebrada, Humahuaca es arquitectónicamente más cerrado. Sus calles no son de tierra si no de un irregular empedrado. Con una distribución angosta y laberíntica de fachadas de estilo colonial con enormes faroles de hierro forjado que se encienden en las noches completando un viaje de siglos a través del tiempo. Un poco mas allá se llega hasta las escalinatas del “monumento a los héroes de la independencia” y después de subir sus empinados escalones uno se encuentra debajo de la silueta imponente de un gigantesco indio que parece recordarnos cual es el verdadero legado de estas tierras.
Nuevamente en la ruta seguimos siempre en dirección norte. Pasado un poco tiempo, el paisaje cambia radicalmente. En donde antes había cerros y algo de valle ahora solo hay estepa y pequeñas ondulaciones en el horizonte. Kilómetros y kilómetros de un recorrido que parece siempre el mismo. El cielo diáfano y de un penetrante azul tampoco deja ver una nube como para generar un contraste. Así es como el tiempo comienza a desdibujarse por esta zona, salvo por la sombra que va alargando la silueta del micro a medida que nos acercamos a La Quiaca.
Acabamos con la tiranía magnética de la brújula y por primera vez en el viaje viramos hacia el este. La cabina de una F-100 roja que ronronea bajo nuestros pies es nuestro nuevo medio de transporte con destino a Yavi. Nuestras mochilas descansan en la parte trasera de la camioneta entre bolsas de arpillera desbordantes de hojas de coca. Dieciséis kilómetros por entre medio de gigantescos paredones llamados “Cordón rocoso de los siete Hermanos” con Gilda, a todo volumen desde el stereo, que parece ser la única Santa digna de profanar el silencio del mediodía. Sin duda Yavi representa el paisaje más surreal de todo este recorrido por Jujuy. Calles anchas y polvorientas con monocromáticas casas de adobe y un silencio que brilla por su presencia. Más animales que humanos, si contamos que por cada pastor hay unas quince o veinte ovejas con tres o cuatro perros. El legado de Yavi se remonta a la prehistoria. A escasos metros del pueblo se encuentran pinturas rupestres que se pueden observar sobre las paredes de los cerros. Decidimos caminar los cinco kilómetros hasta el pie del Cerro de los Siete Hermanos y penetrar en la imponente Laguna Colorada. Una reserva que custodia un patrimonio único. Formaciones rocosas con Petroglifos que representan figuras humanas, llamas, chamanes y espirales con algún sentido ritual. De vuelta en el pueblo pasamos frente a la Capilla de San Francisco, perteneciente al siglo dieciséis, que en Semana Santa adquiere particular interés por sus festejos únicos en esta región.
Todo en este lugar tiene el color del adobe. Las fachadas, los cerros, los rostros y las manos curtidas de sus pobladores. Con la llegada del atardecer el espectáculo es único. El sol comienza a teñir de cálidos ocres las fachadas y a jugar entre las luces y sombras de los relieves descascarados mientras un viejo atraviesa una calle con su sombrero y su bastón y uno tiene la extraña sensación de que esa imagen podría durar imperturbable eternamente, como cuando se contempla una vieja fotografía en sepia.
Texto y fotografías: Miguel Montes | LatinBackpackers 2006