Sierra de las Quijadas - Provincia de San Luis
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La Gran Quijada RojaLo que moviliza al viajero nómada es la curiosidad, si no es difícil explicar por qué nos fuimos de Merlo (San Luis), en donde estábamos pasando unos días bárbaros. Allí, un clima templado –el tercer microclima mundial- se completa con arroyos de fuerte corriente y cascadas espectaculares, caminatas, paseos a caballo, rappel, mountain bike, todo lo que el viajero pueda buscar en el contacto con la naturaleza. Decididamente es uno de esos lugares para colgarse unos cuantos días. Pero un encuentro ocasional con un trailer de músicos itinerantes, con los que coincidimos mientras almorzábamos a la sombra de unos sauces con los ojos fijos en el agua que bajaba entre las piedras, cambió el rumbo de nuestro viaje. - Todo es rojo, la tierra, los acantilados, el cielo del atardecer. Es como estar en otro mundo- nos decía Coco mientras acomodaba las piezas sobre el tablero de ajedrez. La partida fue estimulante y reveladora. Coco era mecánico de autos -además de músico- y resultó ser un muy buen jugador de ajedrez. Había recorrido un par de veces toda la Argentina y su entusiasmo era contagioso. -No sabés, de repente levanté la vista y ahí, en la roca, la silueta de uno de esos dinosaurios voladores, ¡te querés matar, no se puede creer! - ¿Y cómo vamos hasta allá?- Todavía era sólo una idea, pero cuando empezamos a averiguar en agencias de viajes y centros de información, obteniendo sólo palabras vagas, generalidades, o propuestas inaccesibles para nuestro presupuesto, la dificultad estimuló la curiosidad y decidimos que teníamos que ir. Levantamos campamento una mañana temprano. Había que llegar a San Luis capital, para allí tomarse otro micro rumbo a San Juan. En la terminal nos dijeron que le avisáramos al chofer para que nos dejara en la entrada del parque nacional, y que desde allí serían unos dos kilómetros. Nuestra idea era quedarnos una noche, no queríamos perdernos el espectáculo del sol poniéndose entre los farallones. -Lleven agua—fue la última recomendación. Al alejarnos del circuito turístico, nos encontramos con una ruta desierta que predispuso nuestro ánimo aventurero, y ni les cuento cuando, después de un par de horas, el vehículo paró en medio de la nada y nos bajamos. Acomodamos las mochilas, el indispensable sombrero, y nos disponíamos a seguir por el camino de tierra que lleva al lugar, cuando vimos acercarse un jeep que resultó ser del guardaparques. Subimos y en cinco minutos estábamos allí. Desde el mirador pudimos contemplar las entrañas de la sierra en una depresión de 4.000 hectáreas, erosionadas por el agua y por el viento. No resulta inverosímil cuando nos cuentan que hace aproximadamente 100 millones de años aquí vivían pterosaurios (lagartos alados) y varias especies de dinosaurios. Nos acercamos a un grupo que se prepara para bajar por un sendero y recorrer la hondonada. Quedan cinco o seis horas de luz, y la idea es estar de vuelta antes de la noche. Salimos con un guía y cuatro personas más: un matrimonio de franceses, equipados como para recorrer el Sahara, y dos hermanos cordobeses, uno más ocurrente que el otro. Todos vinieron en auto y planean irse al terminar el recorrido. Miramos nuestras mochilas: somos los únicos que pensamos pasar la noche acá. Bajamos por una cañada bordeando los acantilados que tienen entre 200 y 300 metros de altura. A poco de andar, sentimos el calor de la tierra a través de las zapatillas. Carlitos, nuestro guía, nos señala el cerro El Portillo, de 1200 metros sobre le nivel del mar, mientras se mueve por las pronunciadas pendientes como si estuviera en la cocina de su casa. –No se tomen toda el agua, miren que tenemos para varias horas-. Los franceses caminan adelante, parecen inmunes al clima y a los chistes de los cordobeses. Siguiendo el curso de un arroyo seco, nos vamos internando en la gran Quijada, es como estar en Marte, el paisaje es tan maravilloso que nos olvidamos del calor. Más allá de los datos técnicos, Carlitos nos hace reír con sus anécdotas, dice que aquí se filmó una película argentina (de la famosa serie de Tiburón, Delfín y Mojarrita), muy bizarra, que intentaba parecer un western, y también nos cuenta que algunos cuatreros de la zona utilizaban estos laberintos naturales para esconderse cuando los perseguía la autoridad. Llegamos hasta los acantilados, donde nos sentamos un rato a disfrutar de la sombra. Arriba, muy alto por sobre nuestras cabezas, dos pájaros vuelan en círculo. Nos metemos en las hendiduras más oscuras, en la base de esos paredones gigantescos, trepamos a los distintos niveles de terrazas excavadas en la tierra roja, y nos sacamos fotos, tratando de captar con el lente la inmensidad que nos rodea, mientras buscamos infructuosamente alguna huella de los dinosaurios voladores de nuestro amigo Coco. La vuelta, con el sol bajando ante nuestros ojos, se hace muy lenta. Cada tanto nos detenemos, miramos para atrás, y no podemos creer los colores que dibuja el atardecer sobre las rocas. Traemos las mochilas livianas y la boca seca, el agua se acabó hace rato. La última subida nos deja exhaustos. Desde arriba, miramos nuevamente el paisaje, ahora desde la familiaridad que da haber estado allí. El sol está bajo, los colores brillan como iluminados por enorme fogata. Nos sentamos a tomar una cerveza bien fría, mientras nuestros compañeros de aventura se preparan para partir. Carlitos nos dice dónde nos conviene acampar, y que mañana a la mañana el guardaparque nos puede acercar a la ruta para tomar el ómnibus de vuelta. Vemos alejarse los autos con la última luz del día. El silencio es tan prehistórico como el paisaje. Con todo el tiempo del mundo y sin decir una palabra empezamos a armar la carpa. Más información: www.turismoensanluis.gov.ar www.argentinaturistica.com/parquesnac Contenidos gentileza de Revista Nómada |
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