Hay cinco valles de la luna esparcidos por todo el mundo, y uno de ellos esta en Argentina. “Alta suerte tenemos”, exclamaba orgulloso Ramiro Coussirat, un hombre que hace ocho años vive en el bar-restaurante que esta dentro del parque provincial Ischigualasto. “Yo había recorrido este lugar de muy joven-nos cuenta-, y quede imantado con el silencio, jamás en mis 20 años de viajero volví a cruzarme con un lugar así. Y eso que también estuve en el valle de la luna de Bolivia, pero no fue lo mismo. Este silencio y la explosión de energía de la naturaleza era lo que necesitaba. Después de buscar por varios años la licitación, aquí estoy, y espero pasar el resto de mi vida en este reino”. Con semejante bienvenida, nos disponemos a dejar las mochilas, junto a Néstor, eterno compañero de ruta. Ramiro hornea unas pizzas sublimes. Mientras comemos nos cuenta que le resulta difícil imaginar que en el pasado este lugar estuviera habitado por una exuberante selva de acacias, ginkos y palmeras, matizados con lagos y pantanos. En lugar de la actual superficie desértica y rocosa, hubo un valle atravesado por un río en donde convivían especies de rincosaurios, cinodontes y dicinodontes, animales herbívoros y depredadores terrestres. Esto fue unos 230 millones de años atrás: periodo triásico de la era mesozoica. Me siento abrumado por los nombres, pero mi imaginación se dispara como una flecha certera hacia el pasado. Una vez transpuesto el acceso al parque, comienza un sendero vehicular. Como es obligatorio realizar ese recorrido con un guía, Ramiro accede a acompañarnos. El lugar es inmenso, apocalíptico. En el camino nos detenemos a observar las distintas formaciones esculpidas por la erosión del viento. Las rocas van cobrando vida. Descubrimos las figuras famosas: el gusano, la cancha de bochas (espacio donde se encuentran unas esferas de piedras perfectas, como si el juego se hubiera suspendido hace un momento), el submarino, el hongo, la gallina echada, la lampara de Aladino. Nuestra imaginación continua el catalogo. Poco después alcanzamos el valle Pintado. Es un escenario onírico de colores apagados: grises, terracotas, rosas pálidos, marrones: una autentica superficie lunar que justifica la fama del parque Ischigualasto. Esta es una de esas travesías que la madre tierra nos brinda para acercarnos al pasado. El valle esta poblado por cientos de estilizados cactus. Ramiro nos cuenta que en cada uno de ellos vive un guerrero huarpe que lucho por su tierra. En nuestro camino se cruza una pareja de guanacos. Nos miran de reojo y desconfiados, estamos en sus territorios, pero igualmente no dejan de mascar un cardo sin espinas. Poco después nuestra presencia los impacienta, se miran cómplices y se pierden de vista en el desierto. Además de los guanacos habitan el parque liebres, zorros colorados, pumas y vizcachas. El día se termina y Ramiro deja que tiremos las bolsas de dormir en su despensa. Su casa es un refugio de silencios. La noche en el valle es otro capitulo, que hablaría de millares de estrellas fugaces, música de grillos del desierto, y otras alimañas, además de historias de antiguas criaturas que habitaban estos lares. Animales innombrables como el eoraptor lunensis, que hizo de las suyas por aquí hace unos 235 millones de años. El fuego nos invita al sueño. Por la tarde siguiente, una camioneta que se destartala nos invita a llevarnos. La próxima estación esperanza, se llama Valle Fértil. Un oasis de descanso donde todo esta rodeado de verde. El suave viento mece a unos sauces que siguen llorando su belleza. Un arroyo es una buena excusa para detenerse y armar la carpa. Fuera de ese microoasis, la aridez del lugar esta matizada apenas con algarrobos y otras especies de vetas finas y madera dura, por cactus, espinillos y abundante jarilla. La mayoría de los pequeños pueblos esparcidos por la provincia de San Juan están arropados por un cielo de olivos y viñedos eternos. Embriagados de esperanzas, los lugareños van contándose sus soledades, conversando de cosechas y de estrellas. Hasta que los reúne el bar, que es el corazón de cada pueblo, y que invita a profundizar sobre los tiempos que se dejaron atrás. Tanto los territorios de Jachal, como Rodeo, Calingasta, Barreal, Valle Fértil o Patquia cuentan con importantes centros de peregrinación al vaso del buen vino. En estos lugares la gente se envuelve en un manto de nobleza y los brindis se suceden. Los paisajes de San Juan varían entre las sierras pampeanas, la precordillera y el gran macizo andino. Sus valles y zonas de intermontañas, paraísos verdes, y también la visión imponente de los cordones montañosos junto al asombroso desierto lunar. Uno de los secretos mejor guardados de la argentina. Texto y fotografías: Esteban Widnicky | LatinBackpackers 2006