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Solamente un par de alas

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Un par de alas y a volar. Tan simple como suena, sin motor, sin cientos de botones ni hojas de ruta, solamente un planeador y a volar. Sin tener mucho en común con la sensación de volar en un avión comercial de pasajeros, el vuelo a vela es uno de los deportes más apacibles que existen, el suave sonido del viento y los movimientos del planeo hacen que se sienta una paz única a más de 800 metros de altura. A sólo 45 minutos de Buenos Aires se encuentra el Club de Planeadores Zárate. Es uno de los clubes más prestigiosos del país donde se practica el vuelo a vela todos los días. El club ofrece vuelos de bautismo que consisten en un vuelo de aproximadamente 30 minutos en un avión biplaza controlado por alguno de los hábiles y experimentados pilotos del club. Llegué al club cerca del mediodía e inmediatamente conocí a Fernando, con 40 años y un espíritu aventurero impresionante, me fue contando de qué se trataba el vuelo en planeador. Sobre uno de los extremos de la pista había una media docena de aeronaves, en su mayoría blancas, algunas monoplazas y otras con espacio suficiente para 2 personas. Debo admitir que al ver los aviones en tierra, tan pequeños y simples, me asusté un poco, me costaba entender que esas “cosas” me llevarían a tocar las nubes con mis manos y me traerían de regreso a tierra sano y salvo. Fernando me contó que había dos maneras básicas de hacer despegar a uno de estos planeadores. La primera técnica es por arrastre, es decir que un avión propulsado por un motor arrastra al planeador hasta unos 500 metros de altura donde se corta el cable para que el avión comience a planear. La segunda técnica es la más recomendable y consiste en un torno o malacate que remonta al planeador como si se tratase de un barrilete, en menos de 15 segundos se alcanzan entre 500 y 700 metros de altura desde donde se corta el cable y se comienza a planear. Con una mezcla de nervios y ansiedad me subí al “Puchacz”, un planeador majestuoso, todo blanco y algunos detalles en rojo. Al timón se subió Fernando y luego de explicarme para qué eran cada uno de los medidores del tablero cerramos la cabina, abrochamos nuestros cinturones y esperamos la señal de pista libre para salir a volar. Se encendió el torno y a gran velocidad comenzamos a ganar altura, mirando por sobre mi hombro izquierdo noté lo rápido que nos alejábamos de la tierra firme. Llegamos a los 700 metros y soltamos el cable, de golpe toda la aceleración y adrenalina generada durante el veloz despegue se detuvo, el planeador comenzó a volar libremente y el sonido del viento sobre las alas era lo único que se podía escuchar. La habilidad del piloto y su experiencia son fundamentales para poder encontrar y “capturar” las corrientes de aire caliente (también llamadas “térmicas”) que permiten que el planeador gane altura. En un buen día y sabiendo encontrar las “térmicas” se pueden alcanzar los 1.500 metros o inclusive más. Aquel día Fernando logró que alcanzáramos los 900 metros, altura suficiente para luego poder hacer algunas piruetas y vueltas que me hicieron pensar en mi última comida. Desde el aire pudimos ver a otros planeadores que se sumaron a nosotros para recorrer los cielos de Zárate. La ciudad de Zárate como su vecina ciudad de Campana se ven claramente a ambos lados del río, y en el horizonte sobresale el gigante puente colgante Zárate Brazo Largo. Pero sin dudas lo más impresionante era ver desde el aire como los demás planeadores parecían bailar al compás del viento. Con el estómago algo revuelto pero inundado por la adrenalina y la tranquilidad del vuelo nos acercamos a la pista para aterrizar. Con un control magnífico del avión, Fernando logró que tocáramos tierra suavemente y que el planeador se detenga en pocos metros. Me quedé algunos minutos más observando desde el borde de la pista los distintos planeadores que despegaban, planeaban y aterrizaban. No habían pasado más de 15 minutos cuando ya me quería subir otra vez a sentir esa paz del vuelo a vela. Pero ya se hacía tarde, y las ganas de volver serían la excusa perfecta para regresar a Zárate a extender las alas. Martin Miguens | LatinBackpackers 2006




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